martes, 5 de mayo de 2015

El inquietante atractivo de la tragedia


La tragedia es una constante en la vida del ser humano. Hoy, en pleno siglo XXI, sigue perturbándonos y atrayéndonos, a partes iguales, como en el principio de los tiempos. La muerte de cientos de inmigrantes a las puertas de Europa y el terremoto de Nepal han vuelto a colocar la tragedia de la humanidad en primer plano informativo, congregando frente al televisor y los periódicos a miles de personas, muchas de las cuales no repararán dentro de un tiempo en el drama de los vivos.

El drama es una mercancía esencial en el mundo en que vivimos, y lo es porque contiene un irrechazable atractivo para todos nosotros. Quizá porque en el fondo no somos más que los animales de la cúspide del sistema, pero animales al fin y al cabo.

Esa morbosa pulsión que envuelve todo lo humano nos recuerda lo incontrolable de nuestras vidas, y los retos que el mundo nos presenta, como un salvavidas que nos aleja de la rutina y el tedio. Crímenes, desastres naturales, secuestros, desapariciones misteriosas o tragedias sin cuento, nos hacen temblar mientras retuercen nuestro corazón y nuestras tripas, en una buscada descarga de adrenalina, esa por la que pagamos en un parque temático. La tragedia se ha convertido en  una sacudida en la que buscamos ansiosamente ser recordados que estamos vivos.

Decía el psicoanalista Samuel Lepastier que esos grandes dramas que los medios nos acercan cada día a la hora del telediario son hoy un acto imprescindible para contrapesar las miserias de las sociedad humana, que consiguen aliviar nuestro sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad al sentirnos parte de un todo unido por un sentir común. Son experiencias emocionales compartidas que, incluso, llegan a ser revulsivos para cambios importantes del orden de las cosas, en el nivel emocional, en el de los comportamientos o incluso en el de las leyes.

Claro que el instinto tira, y no siempre la propensión a admirar el drama es tan loable. En el fondo, esa pasión por presenciar el crimen, tan visible en los remolinos de gente que sobrevuelan un suceso en cualquiera de nuestras calles, tiene una explicación, generalmente más inquietante. Y es que a fin de cuentas, nuestra irrefrenable tendencia a la vida colectiva, impone ciertos peajes. Uno de ellos, la renuncia impuesta a pasiones como matar o plasmar la ambición o la venganza en un acto infame; y que mejor que saciar ese instinto reprimido en la vida de otro. Sin lugar a dudas, mucho menos arriesgado. Y es que no podemos negarlo, en la edificación de nuestra personalidad, hay una dolorosa renuncia a las pulsiones que nos vinculan al reino animal del que, no se olvide, procedemos. De ahí nuestra pasión por conocer y degustar lo prohibido,  matar o destruir, aunque solo sea en un videojuego. Bien es cierto que hemos construido, durante generaciones, y con mucho mimo, auténticos diques emocionales, morales y sociales contra esas tendencias destructivas para el tejido social. Diques llamados educación, cultura o valores ciudadanos.

Nos fascina que otros humanos, semejantes y próximos conviertan en tangible , en un acto furtivo e inesperado todos nuestros fantasmas escondidos. Sin embargo hay algo más inquietante que el hecho mismo de nuestra admiración por el drama ajeno y es nuestro comportamiento discriminatorio ante la naturaleza de este.

Hay dramas que entendemos parte del guión, asumibles y rutinarios por emanar de un lugar ficticio, que parece solo existir en el mundo digital de los medios. Así, ver morir por decenas a niños, soldados o campesinos de cualquier lugar de Asia o África nos conmueve, pero solo durante un instante. Pero que la tragedia sacuda nuestro mundo es otro cantar.

La vida de un español ahogado en el arroyo de la impericia de un gendarme marroquí, o el futuro segado de una pareja en un avión suicida nos inquieta más, porque es más posible que golpee nuestras vidas, que los lejanos efectos colaterales de nuestras tropas en el lejano Afganistán.

Lo irónico es cuando Afganistán está entre nosotros, y lo apartamos. Sucedieron casi al mismo tiempo las desapariciones de Jeremy y Maddie, hijo de unos afganos humildes y de una acomodada familia respectivamente. Ella recibió el favor de deportistas, artistas… incluso del propio Papa; mientras que el niño canario solo pudo ser  portada de la sección de sucesos apenas unas por unas semanas.

No alcanzo a concluir un pensamiento que abra luz sobre nuestros comportamientos, solo una profunda e intensa sensación de pena, por una humanidad a la que pertenezco, que acuna su odio en el dolor ajeno, y otorga a cada drama el oro, la plata y el bronce de aliviar nuestros instintos.


Lucia Ruiz Vila
Estudiante de bachillerato, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)
Producción Aintze Zaratagabaster para eolapaz

EPE15/ Enredados
Imagen rtve.es

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