lunes, 31 de agosto de 2015

Livianos de equipaje

Montevideo. Seis y media de la mañana. Madrugué con la retórica sensación de contestar a los rayos primerizos de un sol otoñal, sin embargo desde que había llegado, me acordaba de los versos del cantante uruguayo Santiago Chalar; era verdad que comenzaba amanecer y aclararse el horizonte pero no conseguía vislumbrar el negro perfil del monte. Desde mi quinto piso de un céntrico hotel esquina Héctor Gutiérrez Ruiz –vilmente asesinado por la dictadura cívico militar de Bordaberry en Argentina- sólo veía la rambla.


En poco tiempo después, ya había salido del hotel para tomar el ómnibus en la arteria principal de la ciudad, la Avenida 18 Julio. Estaba vacía. Me percaté entonces de que vertebraba sólo las últimas 12 horas del día, las 12 primeras se mantiene parada como si esperara a que alguien la despertase del silencio que yo no quise romper.


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La compañía silenciosa del conductor del autobús y de algunos usuarios de la línea y la música de Zitarrosa armonizaban el camino hacia uno de los barrios obreros de la ciudad nutrido históricamente de inmigrantes laboriosos debido a su cercanía al Frigorífico uruguayo que tanto abasteció a la población uruguaya durante años. Y es ahí, en el barrio del Cerro, donde se encuentran la vista más hermosa de todo el país, es en su Fortaleza donde se visualiza toda la urbe montevideana.


Esa urbe, tan autóctona alejada del cosmopolitismo,  que aún grita ser parte de la historia del país oriental con tan poco sentido de pertenencia y con mucho complejo de miras a sus vecinos y a su historia de emigrantes.


La lucha histórica entre la modernidad y el pasado; entre el Palacio Salvo, el monstruo folklórico, zarrapastroso, recargado, vivo ejemplo de la nostalgia que asola a esta ciudad y la Torre Antel, que desafía a la mirada de aquellos que siguen atados al Uruguay de los años 50, con una estructura moderna. Podría ser un edificio más de la city londinense pero sin embargo es marca propia de la nueva Montevideo.


Es allí donde me junto con los compañeros de la Agrupación de Negro Franco del Movimiento de Participación Popular, la fuerza que Pepe Mujica construyó y que cuando arribó a la presidencia, abandonó para ser el presidente de todos.


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A la mirada de expectación, se junta la de cansancio. Llevan tiempo de campaña. Después de un año de constantes batidas, de constantes actos y de incesantes quedadas, el ánimo amaina. Llevan las primarias del Frente Amplio, las elecciones generales y la segunda vuelta a sus espaldas y a punto de finalizar las elecciones departamentales donde Pepe había decidido jugar un papel fundamental, no sólo en Montevideo donde se presentaba su mujer, sino en todo el país.


Son las 8 de la mañana. La llegada de Mujica y Lucia Topolansky se atrasa. Un grupo de sindicalistas se ha desplazado hasta la puerta de su chacra en Rincón del Cerro para exigirle una mejora de sus condiciones. Mientras tanto la decena de compañeros de la agrupación reparten folletos y las lista para la Junta Departamental de Montevideo.


Mujica estará un rato sacándose fotos y paseándose por el mercado para por último dar un discurso apoyando a su mujer, pero en cuanto se vaya, los militantes de la agrupación irán por las calles más alejadas del bullicio a visitar a los vecinos y ver qué necesitan. Los vecinos del Plan Juntos.


A la una y media, los compañeros agarran las listas del sector, amarran las pegatinas y avanzan andando calles y cuadras hacía los vecinos del barrio que esperan impacientes, otros dubitativos la llegada de los compañeros.


Livianos de equipaje para ser más libres me dice uno de los militantes; he sabido lo que es ser pobre, no tener nada para comer y es ahí donde descubres valores ocultos. Al Pocho le cogieron por ser un tupamaro y a la vuelta con la restitución de la democracia, en aras de los sueños y de la utopía de cambio, se lanzó a ser parte de un proyecto como éste, abandonar las armas para aunar en la consolidación de la democracia. Se sigue sintiendo parte de esa fuerza constructora; obrero de la construcción de la patria del futuro que sueñan. Se ve reflejado en las palabras que dirigió el General Seregni desde el balcón de su apartamento, en el cuarto piso de la esquina de Bulevar Artigas y Bulevar España, el 19 de marzo de 1984.



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Junto con él, se encuentra Álvaro a quien el sector le cedió  la sede de la agrupación para que viva en ella además de un empleo de secretario en la organización.


Durante la batida recorriendo, descubro las casas en proceso de construcción. En una de ellas, está un joven de 20 años llamado Agustín que, a pesar de la pronta edad, es padre de familia. Con un hijo de dos años y una mujer, ellos son unas de las 2.300 familias beneficiadas en todo el país por el  Plan Juntos.


Él es florista. Por las mañanas vende flores en la Teja, el barrio donde nació Tabaré, en la entrada del cementerio y por las tardes, marcha a la Plaza de la Independencia. En el momento en que oscurece y el casco antiguo se vacía de trabajadores, toma el ómnibus y regresa.


Ella se dedica entero al cuidado de su hijo de apenas un año.


En sus pocos ratos libres, Agustín se dedica a construir la casa. Su hermano también se ha beneficiado del programa, mas él vive en la Cachimba del Piojo, un cantegril del barrio de la Teja, donde nacieron muchos de los integrantes del Movimiento de Liberación Nacional (MLN-T), el movimiento político y brazo organizativo de los tupamaros.


De su hermano dice, con orgullo, saludó al Pepe un día que se acercó al lugar donde se están construyendo las casas. Estaba con Kusturica filmando para su documental. Tuvo la oportunidad de saludarlo y hablar con él y de agradecerlo de que se preocupara por la gente pobre.


Agustín me despide, el tiempo es oro y él necesita seguir acabando de construir su casa. Al momento que dejo de hablar con esa humilde familia, un militante me subraya la situación en estos barrios y hace un matiz importante. “La situación es de desesperación, no de desesperanza”. Remarca el problema con la gente más joven, con los gurises; “No tienen para  poder comprarse unos zapatos e incluso para poder comer y muchos de ellos se encaminan por malos caminos”.


Y en parte profundiza muy bien en el problema central de estas personas; la esperanza y más ahora con la visita y ayuda del ex presidente Mujica, sigue en pie pero la necesidad de alimentos, de salubridad es aún preocupante.


Antes  de regresar al hotel, me fijo en un cartel clavado en un palo de madera en la entrada de una casa; “Prohibido pasar penurias”. Ella es Dolores,  de unos setenta años que casualidades de la vida la había visto días atrás en la Rural del Padro, un parque donde todas las formaciones políticas en campaña electoral durante la semana de Turismo, montan sus enclaves para dar difusión de sus candidatos. Estaba en la barraca de la lista 5001, propia del Partido Comunista de Uruguay.



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Lo que más me llamo la atención de esa mujer era su fuerza. Madre y abuela de familia numerosa, tenía una fuerza interior increíble y con unas ideas bastante férreas. Su mirada trasmitía una paz y una valía poco vista en el resto de la gente. Ahí comprendí el porqué de su nombre, la Pasionaria al lado de ella era una principiante.


Días después me la encontraría en la batida por el asentamiento de Isla de Gaspar.


Isla de Gaspar es un asentamiento en medio de la urbe montevideana. Pude acceder a gracias a que Martin Nessi, el candidato a primer edil por el partido en la Junta Departamental de Montevideo, y Fernando Silva y su mujer Ana Etorena me vinieron a buscar.


El asentamiento se encontraba en vías de desaparición. Lucia Topolansky y una veintena de personas descubrimos cómo estaban las chabolas y en qué condiciones vivía la gente. Muchos de ellos pudieron irse a vivir a unas casas acondicionadas para que no tuvieran que regresar a Isla de Gaspar. En el momento de entrar, Lucia me presenta a Pelusa. Ella es la encargada de cuidar y de evitar que la gente se asiente en los huecos que van quedando en el asentamiento.


Jamás habría pensado que existiesen personas capaces de vivir en tales condiciones. Se me quedará grabada siempre la imagen de un niño de ocho años que desde el comienzo al fin del recorrido nos acompañó; quería que Lucía viese a su abuela. La casa de su abuela estaba en mitad del lugar, recogida en una esquina, resguardada por la basura y por la inmundicia que había alrededor, consigo entrar a la casa junto con Lucia y su suplente, Gustavo Leal.



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No serían más de 40 metros de casa, una cocina, dos camas y una mujer que suplicaba que la diesen la propiedad de la casa para poder estar más tranquila. Sin embargo, como afirmaba Pelusa, dar la propiedad a una familia era peligroso pues generaba una sinergia, en las escasas familias que quedaban, de pertenencia que provocaría que el objetivo de acabar con este asentamiento en 5 años se viese entorpecido.


Al final de la batida conseguí quedar con Alfredo para conocer de primera mano a las personas beneficiadas por el Plan Juntos en el interior. La bicefalia que existe en el país oriental muestra la idiosincrasia de una misma realidad; si en Montevideo, la capital, las reagrupaciones de asentamientos y de construcciones de casas iban a un gran ritmo, en el interior la cosa era bastante distinta. La fuerte centralización del país había provocado que gran parte de los avances se hubiesen centrado en la capital y el interior, enfrentado a una realidad bastante distinta, los cambios tardaran mucho más en hacerse efectivos.


Al día siguiente y siguiendo las instrucciones, me dirigí al local central del Movimiento de Participación Popular a dos cuadras –avenidas- de mi hotel, en Mercedes 1390.


En el local me esperaba el Citroën de Alfredo Méndez juntos con 8 compañeros que le acompañan entre los que estaba el chofer de Lucía o el fotógrafo de la imagen más famosa del Pepe, la de él montado en su escarabajo puño en alto nada más abandonar la presidencia.


Ellos irían en la furgoneta, yo en el coche de Alfredo. No había gran espacio entre las banderas del Frente Amplio, la coalición de sectores de izquierda entre los que está el MPP, las de la agrupación, las pancartas con las imágenes del Pepe que repartirian por el camino hacia los distintos asentamientos del interior en los que estarán.


Ante el desconocimiento pero con la necesidad de descubrir, dejo que las cosas transcurran, que me lleven sin la prisa de pensar qué pasara.


Durante el viaje, las mañanas se pasaban enteras en la carretera, de Montevideo a Mercedes, de Mercedes a Fray Bentos, de Fray Bentos a Colonia del Sacramento, de Colonia a Cardona y Florencio Sánchez, de Florencio Sánchez a San José.


En cada parada descubría una historia diferente que te hacía sentir un privilegiado. La construcción de una casa para personas que viven en la inmundicia es la mayor y mejor herencia que José Mujica ha podido dejar a su pueblo.



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En ese viaje al interior me quedó marcado el encuentro con Marita. En un pueblo en la frontera entre Soriano y Colonia, allí vivía ella.


Debo decir que la primera vez que la vi, me sorprendió su vitalidad. Ese tipo de gente que radia alegría y llaneza, que no cuestiona el quién eres sino simplemente te allana el qué quieres. Marita era una de las primeras beneficiadas del Plan Juntos. Su casa había sido una de las primeras en construirse cuando José Mujica creó el programa. Tenía problemas de alcohol o eso me dejó entrever. Los compañeros del partido la vigilaban como comprobé los dos días que pasé allí. La conocí en el comité de base, su casa y la de todos que pertenecen al Frente Amplio, la coalición de partidos donde está integrado el MPP.


Lo primero que me fije en ella fue en su mirada. Hay miradas que trasmiten la sensación de seguridad, entonces comprendes la firmeza de sus convicciones. Esas miradas tan necesarias en la política, sin embargo la mirada de Marita era diferente. No trasmitía convicción política, su bagaje cultural no era abundante mas como decían en el partido; “aquí todos servimos para algo, aquí no somos iguales pero en nuestra diferencia encontramos la igualdad de convivir juntos”. Marita era diferente al resto, aportaba la alegría y el compañerismo tan necesario entre los militantes. Ella en parte se había convertido  en el punto común de todos los del comité. La mujer que abría y cerraba todas las mañanas y noches el local, que fue la primera en recibirme con botellas de agua después de un día de viaje político.


En mi último día en Uruguay, Lucía dijo en uno de sus mítines las palabras que abanderaron su campaña. Militar con alegría y con convicción. Con razón y corazón. Marita era el fiel ejemplo de ello. La alegría de su mirada, la razón de su bondad y el corazón de sus acciones.




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Compartí con ella y su agrupación una jornada de trabajo, me habló de su vida y de lo que para ella era ser feliz. Su mirada de felicidad me guiaba hacia la chacra de la entrada del pueblo que se encontraba a 3 kilómetros del comité y que recorría todas las mañanas y noches andando.


De Marita me despedí con melancolía. Sabía que no nos íbamos a encontrar nunca más. Sin embargo, durante las tres semanas que estuve en el país, descubrí que a pesar de las diferentes historias que había escuchado, a pesar de las distintas familias que había conocido, todos tenían un punto de conexión; una casa producto de un programa impulsado por un presidente diferente apodado Mujica o simplemente el Pepe.



David Sanjuán


Estudiante de derecho, Cantabria
Imagen de portada Ennegrita
Imégenes interiores D. Sanjuan

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