martes, 28 de febrero de 2017

Sufragistas

Aunque no nos guste reconocerlo, la discriminación hacia las mujeres ha existido desde siempre. En realidad, apareció casi a la par que el propio ser humano. Allá en las cavernas, hace millones de años, nuestros antepasados ya consideraban a las mujeres incapaces de salir de caza con los varones, y su única función era la de criar a sus hijos y, con suerte, recolectar alimentos.


Afortunadamente, hoy en día (casi) nadie duda de la igualdad de hombres y mujeres, pero hace algo más de ochenta años, (casi) nadie opinaba lo mismo. Y con casi, me refiero a las mujeres fuertes, valientes y honestas que dieron el primer paso hacia la soñada igualdad: los grupos sufragistas.


Podemos situar el nacimiento de este movimiento en la segunda mitad del siglo XIX, cuando aparece el primer grupo organizado de sufragistas femeninas. Reivindicaban el derecho al voto como paso previo al feminismo, siendo su objetivo último el de conseguir la plena igualdad con respecto a los hombres. Países como Reino Unido y los Estados Unidos fueron pioneros en la defensa de los derechos de las mujeres, junto con Finlandia y Holanda. Sin embargo, entre tanto, mientras que en buena parte del mundo el proceso sufragista femenino estaba llegando a buen puerto, en España no existía ningún movimiento feminista organizado.


 

¿La causa? Una serie de peculiaridades que caracterizaron a nuestro país, y que mucho tenían que ver con la mentalidad y la sociedad de la época. Por un lado, la industrialización llegó a España con mucho retraso. La economía siguió basándose en la agricultura durante mucho tiempo, lo que hizo que no se atendieran las necesidades de una mejora en la educación, tanto de hombres como de mujeres, que exigía el capitalismo moderno. Por el otro, la sociedad española estaba profundamente ligada una mentalidad muy conservadora y religiosa, lo que hizo imposible el desarrollo de las doctrinas liberales que habían triunfado en Europa y Estados Unidos.


Como consecuencia de estos dos factores, la discriminación con respecto a los varones se convirtió en una característica más de la España de la época. Incluso las propias mujeres la aceptaban como válida y respetable, aunque era injusta hasta extremos insospechados: por ejemplo, el acceso a la educación superior estaba vetado para ellas. Incluso la legislación de la época, incluyendo el código penal y el de comercio, jugaban en su contra. Estas leyes promulgaban la obediencia al marido, de forma que cualquier salario que pudiera cobrar una mujer tendría que estar administrado por éste. A esto se le sumaba el hecho de que existía un sutil control social sobre las mujeres. La idea de que ellas habrían de estar subordinadas había calado muy hondo en la sociedad, debido a una supuesta “inferioridad genética”: según ellos, la función reproductora de la mujer hacía que sirviera únicamente como complemento al hombre, pero nunca podría ser considerada un ser “completo”.




 

No fue hasta los años 20 cuando las mujeres tomaron conciencia de su situación con una connotación política, lo que desembocó en la creación, en 1918, del que sería el primer movimiento sufragista femenino español: la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME). Serían abanderadas de esta agrupación, como María Espinosa, Benita Asas Manterola, Clara Campoamor o Victoria Kent, las que llegarían a la fase culminante de su proyecto: la conquista del voto femenino.


Con la llegada de la Segunda República, en 1931, las mujeres obtuvieron el derecho a ser elegidas como parte de la Comisión Constitucional, celebrada aquel año, con el propósito de debatir el nuevo proyecto de Constitución. Sin embargo, únicamente dos mujeres pasaron a formar parte de la cámara: las ya mencionadas Clara Campoamor y Victoria Kent, miembros del Partido Radical y el Partido Republicano Radical Socialista, respectivamente.


Era el momento clave para todas las sufragistas españolas: Clara y Victoria tenían en sus manos el alcanzar el que había sido el objetivo la ANME durante décadas. Pero, contra todo pronóstico, sus opiniones respecto al sufragio femenino distaron mucho de ser iguales: Victoria, una de las principales defensoras de la causa, se opuso al proyecto de ley que aprobaría el voto femenino.


La sorpresa inicial de la población dio paso, más tarde, a las burlas ("Sólo dos mujeres en la Cámara, ¡y ni por casualidad están de acuerdo!"), pero la disputa originada entre las dos diputadas entrañaba dos posiciones totalmente defendibles y acertadas.


Por un lado, Kent creía que no era el momento adecuado para otorgar el voto a las mujeres. Su tesis se basaba en la influencia eclesiástica sobre éstas, que sumada a su pobre educación y los valores machistas que les habían inculcado, haría que votaran en contra de la República.


Por el otro, Campoamor, a pesar de ser consciente de la veracidad de las palabras de su compañera, continuó defendiendo con vehemencia sus ideales. Desde su punto de vista, el derecho al voto seguía siendo un derecho después de todo, y como tal, no podía privarse a las mujeres de él por el simple hecho de que, hipotéticamente, no apoyaran una ideología.





Pero, al fin y al cabo, Clara y Victoria no eran las únicas componentes de la Cámara, y cuando finalmente se produjo la votación, tuvo lugar el hito: el proyecto de ley salió adelante y el sufragio femenino fue aprobado en ese mismo año, 1931, como parte de la nueva Constitución.


Más tarde, en 1933, las mujeres ejercieron por primera vez su derecho al voto, durante las elecciones generales.


Es sabido por todos lo que sucedió apenas tres años después. La Guerra Civil y el consiguiente ascenso de Franco como dictador anularon cualquier tipo de democracia en nuestro país. Pero no estamos hoy aquí para hablar de eso; si no de la historia de mujeres fuertes, valientes y honestas que lucharon por sus derechos en una época en la que nadie creía siquiera que existieran.


Candela Marcos


Colégio Ntra. Sra. de la Paz Torrelavega (Cantabria)


Imagen Huffington Post


 

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