A pesar de los innegables avances legislativos y sociales del siglo XXI, persiste en el imaginario colectivo una concepción arcaica que vincula de manera intrínseca las tareas del hogar con la figura femenina. Esta asignación de roles, lejos de ser una tradición inocua, constituye uno de los pilares más resistentes de la desigualdad de género. En la actualidad, resulta imperativo deconstruir la idea de que el ámbito doméstico es un dominio exclusivamente femenino, para dar paso a una comprensión de la convivencia basada en la justicia y la corresponsabilidad.
Históricamente, la división sexual del trabajo ha funcionado como una herramienta de segregación. Mientras que el hombre ocupaba el espacio público asociado al poder, la toma de decisiones y la remuneración económica, la mujer era relegada al espacio privado. Esta estructura se justificaba bajo el falso pretexto de una "naturaleza" cuidadora. Sin embargo, no existe evidencia biológica que predisponga a la mujer a la limpieza o a la organización del hogar; se trata, en realidad, de una construcción cultural impuesta a través de la educación y los estereotipos.
Uno
de los problemas más agudos en la convivencia moderna
es el uso del término "ayudar". Cuando un
hombre afirma que "ayuda en casa", está asumiendo implícitamente que
la responsabilidad última pertenece a la mujer, y que su intervención es un
acto de cortesía o generosidad voluntaria. Esta percepción es errónea. La
gestión de un hogar es una responsabilidad compartida por todos sus habitantes.
Asimismo, es necesario visibilizar la "carga mental": ese trabajo invisible que implica
planificar, organizar y supervisar que todo funcione correctamente.
Generalmente, incluso en hogares que parecen equitativos, es la mujer quien
asume esta fatiga
Los jóvenes crecemos en entornos donde el trabajo doméstico está desequilibrado, corremos el riesgo de normalizar la injusticia. La educación en la igualdad no se limita a los libros de texto; se practica en el día a día. Cuando un hijo varón se desentiende de sus obligaciones domésticas, está perdiendo la oportunidad de desarrollar su propia autonomía y madurez, convirtiéndose en un adulto dependiente que perpetuará estos mismos patrones de desigualdad en el futuro.
En definitiva, la afirmación de que las tareas del hogar son competencia exclusiva
de las mujeres es un anacronismo que lastra el progreso social. No
podemos hablar de
una sociedad moderna
y democrática mientras
la mitad de la población
cargue con
una doble jornada laboral, física y
emocional. Es necesario que el respeto y la equidad atraviesen el umbral de nuestras
casas. El cuidado
de la vida y del espacio
común es una labor humana, no de género, y asumirla como tal es el único camino
hacia una igualdad real y efectiva.

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