sábado, 30 de junio de 2012

La Pintora, un relato de Candela Marcos

LA PINTORA
Candela Marcos Fuentevilla
Colegio Nuestra señora de la Paz (Cantabria)
Premio relato Cocacola 2012




¿Alguna vez habéis sentido que erais felices? ¡Qué alegría, os felicito! En mi caso, desgraciadamente, aún no ha sido así…
***
Abro la puerta pesadamente, y con lentitud, restriego los pies contra el felpudo. Apenas la oigo cerrarse, ya que un horrible pitido ha remplazado al resto de sonidos. Me desplomo sobre el desvencijado sofá del salón. No creo que aguante despierta mucho más…

Cuando abro los ojos, ya es de día. Una espesa bruma cubre toda la estancia, pero acaba desapareciendo gracias a mis continuos parpadeos. Ah, ahora recuerdo. He dormido en el sofá porque ayer… No me apetece rememorar el día anterior. En realidad, apenas puedo recordar nada. Decido pensar en las cosas que sé, que son seguras. Eso me tranquilizará. “Me llamo Paz. Tengo veintinueve años. Lo que más me gusta en el mundo es pintar. Mi hermano está en la cárcel. A mi madre no volveré a verla”.

Parece que mis piernas vuelven a responder, así que me levanto y me dirijo a la cocina. Preparo un café. Soso, caldoso, sin gracia. Tampoco puedo permitirme más, no debería quejarme. Cuando me siento en la única silla que hay en la sala, me propongo pensar en lo acontecido ayer.

No fue nada extraordinario, al menos no para mí, pero sí agotador.

En la fábrica cada día es peor que el anterior. Cuando empiezas, por la mañana, intentas engañarte y hacerte creer que, si das todo de tu parte, conseguirás dejar ese trabajo que odias. Entonces, cinco minutos más tarde, recuerdas que trabajas para personas que apoyaron el encarcelamiento de tu familia y decides no mover un dedo.
Hasta que ese hombre corpulento no llega y te abofetea, no vuelves a la rutina. Así de simple.

El café me habla. De mi padre, de mi madre, de mi hermano Rodrigo. Cuando yo era pequeña, solían bromear conmigo. Mi padre me decía que sólo podría tomar café cuando fuera mayor, y entonces, le arrebataba la taza y me bebía su contenido. Mi madre fingía regañarme, pero yo sabía que no le importaba. Aquellas noches, Rodrigo y yo no dormíamos. Jugábamos con las almohadas hasta que mi madre nos advertía que eran las siete y teníamos que irnos al colegio. Sólo entonces nos entraba el sueño.

Poso la taza. Fue una de esas noches cuando se llevaron a mi padre. Unos hombres armados entraron en nuestra casa de madrugada, acusándome de ser algo que entonces no entendí. Creo que mencionaron la palabra “rojo”. Quise seguirles, demostrarles que mi padre no era rojo, ya que ni siquiera estaba moreno a causa del invierno. Pero no pude. Un mes después, mi madre nos vistió de negro a mi hermano y a mí y nos llevó a la iglesia. Estuvimos rezando frente a un cajón de madera enorme que había en el altar, y rápidamente nos fuimos. Cuando vi a mi madre llorar, supe que nunca más volvería a ver a mi padre.

Pasaron los años. Rodrigo y yo crecimos empezamos a vivir por nuestra cuenta. A mi madre también se la llevaron, en un autobús, con otras mujeres del pueblo. Mi hermano decidió seguir los pasos de mi padre, y acabó en la cárcel. Sé que él está vivo, pero aún hoy no sé nada de mi madre.

Al final, sólo quede yo. Me mudé a un lugar donde nadie me conocía, y empecé a trabajar en la fábrica, porque no era tan valiente como ellos. Por las noches, cuando no puedo dormir, pinto cuadros. Es lo único que me hace feliz. Les dibujo a ellos, y por un momento parece que vuelven, que están conmigo. Les hablo de cómo me va la vida. Creo que alguna vez me han respondido, pero no estoy segura. No puedo estar segura de nada.

Ya es tarde, así que me pongo el abrigo y me marcho camino a la fábrica. Un viento helador me abofetea al abrir la puerta. Y es en ese momento cuando veo la carta. Tirada en el suelo, bajo el umbral. Como un trasto viejo que nadie desea.
Me agacho y cojo el sobre cuidadosamente. En la parte delantera sólo se pueden leer dos palabras: “Para Paz”. No tiene remitente. Me extraña, pero en los tiempos que corren no merece la pena hacerse ese tipo de preguntas. Extraigo el papel y, dentro, sólo hay un par de frases. Pero un par de frases que moverían montañas…

“Paz cuídate.

Aún así, ya sabes que la pintora puede dar contigo, dispone de una lupa increíble…”
Antes de que pueda darme cuenta, las lágrimas están surcando mis mejillas. Es ella. Está viva. Se acuerda de mí.

 “Mi madre está viva”. Esas palabras golpean cada neurona de mi cabeza, produciendo una sensación de felicidad indescriptible.

¿Qué significa esa frase? Ella solía contarme un cuento que había inventado su abuelita. Hablaba de una mujer que estaba triste. Muy triste. Ella era una excelente artista, pero la pena le había consumido y sus cuadros se habían vuelto grises. Pero con el paso del tiempo, la mujer encontraba la alegría en el amor, y descubría que no todo estaba perdido. Al final, ella misma nos enseñaba que la maestra pintora, la felicidad que es quien da color a nuestros cuadros, nuestras vidas, siempre podía dar con nosotros, pues poseía una maravillosa lupa para encontrar a los que la necesitaban.

Adoraba ese cuento. De pequeña, ahora y siempre. Pero lo mejor era que había otra persona en el mundo que lo conocía.

La persona que me había dado a conocer los magníficos poderes de la pintora estaba viva. Sufriendo, quizá en la cárcel, pero viva, y eso sólo podía significar una cosa. Que por primera vez, la pintora no iba a dar conmigo.

Yo daría con ella.

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